Tú última carta.

Lo siento, fui una gilipollas. He tardado, tal vez demasiado, pero tenía que pedirte perdón. Necesito saber que estás bien, echo de menos el sonido de tu voz, te echo de menos a ti. Sé que hemos pasado por cosas inimaginables, que lo nuestro no es fácil, pero necesito que me perdones, de verdad.
No me cuesta nada desaparecer, pero dame una última oportunidad. Quiero estar bien contigo, solo tú me haces olvidarme de todo; pertenecerás al pasado, pero joder, menuda cicatriz has dejado.

De ti me queda esta carta, no es lo más bonito ni lo mejor del mundo, pero es tuya y la guardo como mi mayor tesoro. De vez en cuando la leo, no para echarte de menos, sino para recordar que hay momentos por los que vale la pena vivir, hay momentos por los que vale la pena perdonar.
Esta carta me ayuda a no darme por vencida jamás, me ayuda a luchar por aquello que quiero, me ayuda a superar los momentos más duros. Tal vez, también me ayuda a pensar que lo nuestro fue real, verdadero, y que todos, merecemos sentirnos así por lo menos una vez.
Aunque puede que esté equivocada, viva en un sueño y me esté aferrando demasiado al pasado. Quién sabe.
Todos vivimos a base de sueños, unos más posibles que otros, y de momento me gusta mi sueño, parece real.

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