Lloré, grité y hasta recé.

Me asusta recordar, pero me suelo arriesgar. A veces apareces en un pensamiento fugaz, siempre consigues regresar. Y mira que lo intento. Intento que seas eso, tan solo un recuerdo, que tu presencia no me altere, que las piernas no me tiemblen y el corazón no se me acelere.
Ha pasado casi más de un año y sigo fallando. Sigues siendo quien me saca de mis casillas, quien me rompe los esquemas y quien siempre se queda. Odio admitirlo, pero es así. Podría decir que eres la persona más constante (y a la vez la más irregular) de mi vida. Irónico.

A decir verdad, me confundes. Si, eso es, me confundes, me lías, me haces dudar. Un día estás y al siguiente te has ido. Un día me quieres y al siguiente soy una completa desconocida. Dime de una vez que buscas. Dame un respiro. Déjame vivir, seguir adelante.

Todo empezó siendo un secreto. No podía creerme lo que estaba viviendo, tú y yo. Nosotras. Ni en mis mejores sueños. Imposible olvidarlo. Contigo todo era maravilloso, simple, bonito. Me enamoré locamente de ti, algo que no escondí.
El tiempo pasaba, y nosotras íbamos creciendo, madurando y experimentando. Pero no todo podía ser de ensueño, la realidad llegó a nosotras como un jarro de agua fría en invierno. Esa complicidad, esa ilusión, ese amor… Se fue desvaneciendo, poco a poco nos distanciábamos más y más, hasta que llegó el momento de renunciar. Renunciar a lo que éramos, a lo que nos hacía felices, llegó el momento de vivir la realidad.

Una realidad de la que ninguna formaba parte en la vida de la otra. Una realidad en la que en vez de risas solo encontraba llantos, no tenía brazos que me abrazasen cuando tenía frío, nadie que me cuidase, estaba sola, por primera vez en mucho tiempo no había nadie más. Tu luz se fue contigo, dejándome en una profunda y tenebrosa oscuridad. Rodeada de sombras, sin una sola alma más.

Lloré, grité y hasta recé para volverte a ver. Todo ello en vano, no sirvió de nada. La oscuridad cada vez me atrapaba más, hasta tal punto en el que ya no era capaz de ver nada más. Me rendí al dolor, dejando que penetrara por todos mis huesos, que se aposentara en cada rincón de mi cuerpo, llenando cada vacío.

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