Ni un ápice de felicidad.

Deja unos puntos suspensivos porque no sabe encontrarle un final. Le asusta no volver a amar. Vive en la rutina diaria de fumar, no uno sino una cantidad indefinida de cigarros de liar, y eso parece que tampoco va a terminar.
Vive sabiendo que va a morir. Vive muriendo mientras busca su fin.
Lleva más de dos horas sentada en la barra de un bar bebiendo sin parar.
Botella tras botella no piensa en las consecuencias, solo quiere que llegue el final.
Ha perdido su miedo a volar, su miedo a soñar, pero ya no le queda ni un ápice de felicidad.

Todos los presentes del bar la miran y piensan: “Esta tía está muy perdida”. Pero nadie se molesta en curarle la herida.
Nadie sabe que por las noches la muerte yace en su cama, susurrándole al oído que es la única manera de acabar con todo este drama.
Sigue sin saber si es la solución a todo o la solución a nada, y se ha rendido derramando una última lágrima.

 

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