Deja que te duela.

Ya van dos litros de cerveza, y todos los que me quedan.

Levanto la mirada esperando no verla, malditas ilusiones. Ahí sigue, riendo con él al otro lado de la barra del bar. No puedo evitar soñar que en cualquier momento de esta noche le dejará, y correrá a mis brazos cumpliendo aquella estúpida promesa de nuestro pequeño para siempre.
Vuelvo a bajar la vista hacia la mesa, pero no sin antes haberme pedido otra botella.
Escucho su risa, la imagino besándole y… y algo dentro de mi se encoge. Me estremezco por la sensación.
Soy incapaz de odiarla. Pero también incapaz de perdonarla. No sé que me hizo, ni que se llevó al marcharse, solo quiero que todo vuelva a ser como antes.

Deja que te duela, que te falte, que te abrase.
Deja que caigan todas y cada una de tus lágrimas, hasta ahogarte con ellas. Deja sentir la ausencia.

No dejo de escuchar esa voz en mi interior, temo que lleve razón. Esa voz que cada vez suena con más fuerza, y a la que cada vez puedo evitar menos.

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