Nada menos.

Y es que duele igual que la primera vez.
Ha vuelto a mentirle, a jugar con ella para luego dejarla tirada en medio de la carretera.
Pero no le extraña, ha aprendido a vivir así, a sentir que sobraba.
Pasa las noches en vela, rodeada de tantas botellas que ya no siente tristeza.
Desde su ventana ve como pasan los minutos, como segundo tras segundo todo pierde valor.

No respira más que el mohíno humo que han dejado tantos cigarros.
Ve como poco a poco caen las gotas de lluvia, dibujando una triste figura en el cristal, a la misma vez que sus lágrimas lo hacen sobre el colchón.
Coge otra botella, esta vez con 50 grados de alcohol. Y un chupito tras otro intenta olvidar, o por lo menos intenta no recordar.

Ha pasado ya un día entero, poco a poco el cielo va oscureciendo, pero ahí sigue ella, sin moverse. Esperando a que alguien llegue y le tienda una mano, a alguien que la abrace y le diga que todo va a salir bien, aunque sea mentira.
¿No es eso lo que en realidad todos queremos? A alguien sin miedos, capaz de arrastrarnos hasta la superficie y que se quede ahí, sin más.
A una persona capaz de ayudarnos a superar cada obstáculo, a alguien que nos ayude a encontrar todas las piezas para lograr resolver el rompecabezas de una vez por todas.

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