Tú eres parte de mi.

Me di media vuelta porque sabía que no podía mirarla a los ojos, y secamente le dije:
-Pues me alegro mucho por ti.

Nada más empezar a andar unas voces en mi interior me dijeron:
-Debiste haber dicho algo más. Pero te lo guardaste.

Así que me paré. Las piernas me fallaron y caí al suelo. No sentí el golpe, no hubo más dolor que el haberla perdido. Lloré. Y lo hice porque era lo único que se me daba bien. Seguí llorando y llorando hasta que todo se volvió borroso.

Días antes no supe responderle a una pregunta tan simple como:
-¿A qué tienes tanto miedo?

A lo que ahora sin duda alguna diría:
-Mi único miedo es perderte a ti, porque si te pierdo a ti, lo pierdo todo.

Y en ese momento, aún tirada en el suelo, me habría gustado decirle las cosas de una forma distinta. Pero no pude. Solo quería abrazarla y quedarme en silencio a su lado.
Sentía un dolor desgarrador por dentro, como si me estuvieran arrancando una parte de mi. Tal vez es eso, ella realmente era una parte de mi.

Ahora entiendo cuando me dijiste:
-Siempre hay una primera vez para experimentar las sensaciones más inquietantes y temidas.

He vuelto a hundirme en un mar de lágrimas al darme cuenta de la cantidad de recuerdos que trae consigo una única frase. Y tan solo puedo decirte que al irte, te lo llevaste todo contigo.

 

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