No puedo evitarlo.

No te imaginas dónde acabé ayer. En qué lugar me perdí.
Ese banco lleno de grafitis, en el que tantas promesas nos hicimos.
Ese banco en el que ya no puedo sentarme sin imaginarnos montadas en un carro del supermercado disfrutando como de pequeñas, o simplemente, besándonos.

Todo fue genial al principio, íbamos de la mano, la ilusión arrasaba con todo por donde pasábamos. Cuanto más cerca mejor. Pero llegó un momento en el que solo elegíamos las peleas, no veíamos más que los defectos y no entiendo por qué, ni para qué.
¿Solo me abrazabas por qué tenías miedo a la soledad? ¿Por qué necesitas a alguien para sentirte bien? Sigo siendo la misma tonta que siguió a tu lado después de que le dijeras que nunca le habías importado.
Y me duele no saber salir de ahí. Me duele seguir pensando que puedas cambiar, que algún día podíamos volver a formar un nosotras. Aún me pregunto por qué sigo volviendo a ti. Aún sabiendo que está mal sigo siendo quien te protege de los demás.

Y no puedo evitar llorar. Me siento tan triste cuando no estás…
Me permito confesarte que no es la primera vez que estoy así. No es ni por asomo la quinta vez que te escribo, que te pienso, que te añoro…
Son tantas las veces que sueño con tu vuelta que he perdido la cuenta.
Y entre lágrimas te pido, que por favor, me tengas en cuenta.

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