Otra lápida más.

23 de abril.

Se ahogaba entre lágrimas. Ya no sabían a nada. Ni dolor, frustración, ni tan siquiera decepción. Quería desaparecer. Huir a la otra punta del planeta.
El Sol cada día quemaba más, y ella no creía otra cosa más que por fin, todo iba a terminar. Tenía miedo. Le asustaba dar ese paso, subirse al borde de un rascacielos, coger una cuchilla, o simplemente llenarse las manos de pastillas.
Otra noche más bañada en sangre. Esa voz que siempre la acompaña diciendo: hazlo, ponle un punto y final.
No puede. Algo le impide hacerlo. Tal vez sea ella repitiéndose a si misma una y otra vez: Otra noche más, aguanta otra noche más.

25 de abril.

El tiempo se escapa, sin saber aún dónde empezó a ir todo mal; sin saber que pinta aquí. Ha perdido la esperanza, cada vez le cuesta más respirar. No hace más que recordar todo el dolor que le causa seguir saliendo a la calle todas las mañanas, teniendo que fingir una triste sonrisa.

26 de abril.

Se sentó en el suelo, otra noche más en esta fría primavera; envolviendo los brazos alrededor de las rodillas, sintiendo su corazón latir.
Ha decidido caer. Rendirse a esa sensación, sumirse en la peor de todas las pesadillas.  Ha decidido esconderse ahí, donde nadie oye sus palabras desgarradoras ni su llanto agonizante. Lo peor de todo es que nadie nota su ausencia, nadie se da cuenta de que falta. No importa.
Decide quedarse ahí, donde nadie la juzga, donde puede ser quien realmente es.

27 de abril.

Es el momento. Busca el cuchillo más afilado de toda la casa, ahora está en sus manos. Antes de acabar con todo lo deja junto al folio en blanco encima de la mesa y empieza a escribir. Palabras y más palabras. Trata de explicar, de disculparse, de decir como se siente. No puede evitar derramar una lágrima detrás de otra, que van cayendo sobre la hoja y manchando algunas palabras. Cada vez le cuesta más moverse. Sabe que ha llegado el momento y se le endurece el corazón. Lee la carta varias veces, y la deja sobre la cama.
Se sienta en el mismo suelo sobre el que se ha pasado noches en vela llorando. Agarró el cuchillo afilado y sonrío, irónicamente, pero lo hizo. No quería tener que decirle adiós a todo lo que le gustaba.
Miles de recuerdos se agolparon en sus pensamientos. Los rechazó todos. No quería más que encontrarle un punto y final. Terminar con su vida. Así que pasó el objeto afilado en vertical por su muñeca con toda la fuerza posible. Al principio solo escuchó como se desgarraba su piel, hasta que un terrible dolor apareció por todo su cuerpo. Sangre. Una cantidad que jamás había visto. Ya sabe que ha funcionado. Por fin ha logrado dar el paso, encontrar el final. No tiene miedo, sabía que tarde o temprano esto iba a terminar pasando.

15 de junio.

Ya nadie se acuerda de la chica que se suicidó hace apenas unos meses. No tiene quien la llore, o quien le lleve flores al cementerio. Es otra vida perdida, otra lápida más. Nadie se dio cuenta al verla muerta de que lo único que ella quería era importar, al igual que todos los demás parecen hacerlo.

 

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