Gritos.

Cerró los ojos. Una mano le agarraba.
Los volvió a abrir para sentir que no era real.
Cerró los ojos. Le tapaban la boca.
Ya no podía abrirlos, se había sumido en esa pesadilla. Manos, gritos, patadas al aire, gemidos y más gritos.
No conseguía despegar los párpados, cada vez más imágenes llenaban su mente.
Le hacían daño, y ella no podía hacer nada.
“No es real, abre los ojos”-Le repetía esa voz.
Pero era real. Todo eso había sido real.
El sudor frío le caía por la espalda. Seguía recordando esos gritos llenos de desesperación, de auxilio. Gritos que jamás nadie escuchó y que hoy, en la oscuridad de su habitación no puede dejar de recordar.
Esas manos grandes, fuertes, que no la dejaron escapar en ningún momento. Esa voz grave de la que jamás iba a poder olvidarse.
Abrió los ojos, pero no fue capaz de ver nada; las lágrimas le nublaban la vista.
No podía más. Se dejó caer sobre el suelo y empezó a llorar.

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